Siempre estuvo en mí esa fascinación por lo oculto, lo esotérico, lo mágico o lo alquímico. Desde muy pequeña me atrajeron temas como la arqueología, la paleontología, la antropología, la historia, etc. Esas ciencias que se esmeran por descifrar lo desconocido. Desentierran, excavan, investigan y buscan sin descanso. Hasta que un día… “¡Ahí está!”O mejor dicho “¡Ahí estaba!” Porque siempre sentí que las cosas no aparecen, tan solo están y deben ser develadas.
A los 15 años comencé a estudiar de manera autodidacta egiptología, aprendí a descifrar jeroglíficos y hasta el día de la fecha sigo investigando. Las momias, que ocultas bajo sus vendajes y gracias a los nuevos métodos de estudios, nos cuentan toda una vida.
¿Será porque tengo la costumbre de sobre-pensar las cosas? Siento una enorme satisfacción cuando llego a una conclusión sobre algún tema. Necesito buscar la verdad de las cosas.
Ese mismo cosquilleo en la panza sentía cuando restauraba pinturas de caballete y ponía la luz negra para ver lo que estaba oculto en las capas inferiores de pintura. Arreglos nuevos, arrepentimiento de artista, veladuras… Cada una de ellas me contaba la historia oculta de ese cuadro. Lo que los demás no veían a simple vista, lo podía ver yo.
El hombre y sus enigmas. Lo que oculta y lo que deja ver.
Y así es como me enamore de la mancha. Y ¿qué mejor material que las tintas para lograr esos charcos indomables que viran y se manifiestan con total autonomía? El agua los mueve y los lleva de modo que no podemos tener control sobre ellas. Y así se generan cúmulos de claroscuros. Me siento un rato, los miro, los giro 180 y lentamente comienzan a aparecer de la nada, personajes, elementos, historias y necesito hacerlas visibles. Darles forma, emprolijarlas, ajustarlas, a veces en mayor medida a veces sólo lo suficiente. Y surge un mundo que el lápiz tiza y el grafito me permiten hacer visible.
Necesito entender que hay detrás de la mancha o descifrar un sentido que no esta aparente pero que de alguna manera se manifiesta. Lo histórico, lo simbólico, lo religioso, lo psicológico o la búsqueda del sentido del ser.